La psicologia de las masas del sufrimiento

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1994 JOHN ZERZAN

La psicología de las masas del sufrimiento

 

Hace ya un tiempo, poco antes de las revoluciones de los sesenta, cuyo espíritu todavía pervive en esferas menos públicas y directas, Marcuse, en su libro El hombre unidimensional, describía una población satisfecha y feliz. Con la angustia omnipresente de hoy en día, ¿a quién podríamos describir así? La crítica que late aquí es profunda, aunque incompleta.

Muchas teorías han anunciado el deterioro de los últimos reductos de la individualidad; pero de ser así, si la sociedad avanza hacia la homogeneización y domesticación totales, ¿cómo es que permanece esa tensión constante que causa semejante sufrimiento y desorientación? Estamos llegando a una situación insostenible, en un contexto de enfermedad emocional crónica y generalizada.

Marx predijo, erróneamente, que el profundo empobrecimiento material traería consigo la revolución y la caída del capital. ¿No será este creciente sufrimiento psíquico lo que está haciendo resurgir la revolución? ¿No podría ser ésta la última esperanza de resistencia?

Así y todo, es obvio que el mero sufrimiento no garantiza nada.

"El deseo no busca la revolución, es revolucionario por derecho propio", señalan Deleuze y

Guattari en su Anti-Edipo. Posteriormente, al tratar el tema del fascismo, nos recuerdan que la gente ha deseado en contra de sus propios intereses y que aún están ampliamente extendidas la humillación y la esclavitud.

Sabemos que tras la represión psíquica se esconde la represión social, que muestra signos de ceder ante un enfrentamiento necesario con la realidad en todas sus dimensiones. La reflexión sobre lo social no debe llevarnos a ignorar lo personal, porque eso sólo repetiría, invirtiendo los términos, el principal error de la psicología. Aunque en la pesadilla actual cada uno tiene sus propios miedos y limitaciones, no hay una ruta liberadora que olvide la primacía del conjunto total. Estrés, soledad, depresión, aburrimiento: la locura del día a día.

 

Una tristeza cada vez mayor que nos hace reconocer, al menos visceralmente, que las cosas podrían ser diferentes. ¿Cuánta alegría queda en la sociedad tecnológica, en este lugar de alienación y ansiedad? Los epidemiólogos de la salud mental consideran que sólo el veinte por ciento de la población está libre de síntomas psicopatológicos. Es decir, representamos la "patología de la normalidad" marcada por el empobrecimiento psíquico y crónico de una sociedad insana.

Enfermo preocupado (1988), de Arthur Barsky, diagnostica el estado de salud de la sociedad norteamericana en la que, pese a todos los avances médicos’, nunca ha existido una "necesidad tan grande de constante atención médica". Las crisis familiares y de la vida personal en general han llevado, según este diagnóstico, a una búsqueda de la salud, de salud emociona) concretamente, que ha alcanzado proporciones verdaderamente industriales. Una vida laboral cada vez más tóxica en el sentido más amplio del término, unida a la desintegración familiar, mantienen en funcionamiento la maquinaria de la salud.

Pero para una población inmersa en sus miserias y dramáticamente más interesada que nunca en el cuidado de la salud, el modelo dominante de atención médica es una parte más del problema, no su solución. Así, Thomas Bittker escribe sobre "La industrialización de la psiquiatría americana"

(Amerícan JournalofPsychiatry, Feb. 1985) y Gina Kolata señala la gran desconfianza que existe hacia la figura de) médico, ya que la medicina se ve tan sólo como un negocio más (New York Times, 20 Feb. 1990).El desorden mental que acarrea seguir adelante tal y como están las cosas se trata actualmente casi por completo con bioquímica, para reducir la conciencia individual de una angustia socialmente inducida. Los tranquilizantes son hoy día las drogas más extendidas mundialmente y los anridepresivos baten records de ventas. Se obtiene así un alivio temporal (al margen de los efectos secundarios y sus propiedades adictivas), mientras todos nos hundimos un poco más. En "¿Por qué toda esa gente dice que nunca tiene tiempo?" (New York Times, 2 Enero

1988), Trish Hall señala la pesada carga que supone el día a día y concluye que "todos parecen sentirse desbordados" por ella.

El informe Gallup de Octubre de 1989 reveló que las enfermedades relacionadas con el estrés se están convirtiendo en la principal amenaza de los puestos de trabajo en EE.UU. En California, entre 1982 y 1986, se quintuplicaron las bajas por estrés. Las cifras más recientes ponen de manifiesto que en casi dos tercios de los programas de asistencia al empleo se presentan síntomas psiquiátricos o de estrés.

 

En su Locura moderna. (1986), Douglas La Bier se preguntaba "¿Qué tiene el trabajo hoy en día para que resulte tan dañino?" Encontramos la respuesta en multitud de estudios que nos advierten que la ‘oficina ¿el mañana de la Era de la Información no es mucho mejor que el barracón obrero del pasado. La informarización permite una instrucción neotaylorisia del trabajo que en realidad sobrepasa a todas las técnicas de control anteriores. La ‘disciplina tecnológica’ que pesa cada vez más sobre los oficinistas llevó a Curt Suplee a escribir un artículo de junio de 1990 en el Washington Post que concluye: "Hemos visto el futuro, y duele". Unos meses antes, Sue Miller describía en el Baltimore Evening Sun otro aspecto de este trabajo tóxico, haciendo referencia a un estudio psicológico nacional según el cual un noventa y tres por ciento de las mujeres americanas

"sufre una epidemia de tristeza".

Mientras tanto, siguen subiendo los niveles de suicidio y homicidio en los EE.UU. y el ochenta por ciento de la población admite haber pensado alguna vez en quitarse la vida. El suicidio adolescente se ha incrementado enormemente en las tres últimas décadas, y el número de jóvenes internados en hospitales mentales se ha disparado desde 1970. Hay multitud de formas de evaluar el sufrimiento: la obesidad crónica entre los niños se ha elevado más del quince por ciento en los últimos veinte años; ahora son relativamente comunes entre las chicas jóvenes los desórdenes alimenticios profundos (bulimia y anorexia); las disfunciones sexuales son cada vez más frecuentes, al igual que los ataques de pánico y ansiedad, que parecen tomar el relevo a la depresión como la enfermedad psicológica más extendida; el aislamiento y el sentido del absurdo siguen haciendo que el evangelismo televisivo y los cultos ridículos resulten atractivos para muchos. La lista de síntomas culturales es casi interminable. Dejando aparte su función generalmente escapista, muchos de los filmes contemporáneos reflejan esta enfermedad; léase, por ejemplo, Un cine de la soledad: Penn, Kubrick, Scorsese, Spielberg, Aitman, de Robert Philip Kolker. Muchas novelas recientes son todavía más implacables al describir la desolación y la degradación de la sociedad y de la juventud; por ejemplo Menos que cero, de Bret Easton Ellis, Cabeza de familia 2020, de Fred

Pfail y El artista noqueado, de Harry Crews, por nombrar sólo algunas.

En este contexto de empobrecimiento psíquico, lo que ocurre con las costumbres y valores preestablecidos es de especial interés para situar mejor la "psicología de masas" y su significado.

Multitud de indicios ponen de manifiesto que la demanda de gratificación instantánea es cada vez más apremiante, lo cual levanta las críticas tanto de la derecha como de la izquierda. El fraude de tarjetas de crédito alcanzó el billón y medio de dólares en 1988, siendo el caso más común el impago de facturas, que se duplicó entre 1980 y 1990. Asimismo, los impagos de los créditos federales se cuadruplicaron entre 1983 y 1989. En Noviembre de 1989, en una acción sin precedentes, la Marina de los EE.UU. se vio obligada a suspender todas sus operaciones durante 48 horas debido a una oleada de accidentes que causó muertos y heridos. En la moratoria se acordó efectuar una revisión de seguridad, que reavivó la discusión sobre el abuso de drogas, el absentismo, el personal no cualificado y otros problemas que amenazaban el buen funcionamiento de la Marina.

Mientras tanto aumentaba el número de robos en el empleo. En 1989 el Departamento de Policía de Dallas informó de un incremento del veintinueve por ciento en los pequeños robos en las empresas, y un informe nacional dirigido por London House afirmaba que el sesenta y dos por ciento de los empleados de empresas de comida rápida admitía haber robado en su puesto de trabajo.

A principios de 1990 el FBI reveló que el robo en tiendas subió hasta un treinta y cinco por ciento durante 1984, recortando drásticamente el beneficio del pequeño comercio.

El mes de noviembre de 1988 batió records de abstención electoral, continuando con el descenso en la participación que se venía produciendo desde la década de los sesenta. Las puntuaciones medias en los exámenes de acceso a la universidad bajaron durante los años setenta y ochenta, tras lo cual subieron ligeramente para continuar su descenso en 1988. A principios de los ochenta, Arthur

Levin apreciaba "un cinismo y una falta de confianza generalizados" en los estudiantes universitarios, retratados en su libro Cuando murieron los sueños y los héroes, mientras que a finales de la década, Robert Nisbet, en La era presente: progreso y anarquía en Norteamérica, denunciaba los desastrosos efectos que provocaba en el sistema la actitud apática de las generaciones más jóvenes. George F. Will, por su parte, nos recuerda que cualquier construcción social, incluida la autoridad del gobierno, descansa "en la voluntad popular de creer en ella", y el economista de Harvard Harvey Liebenstein le secunda en Dentro de la empresa, donde insiste en que las empresas deben depender del tipo de trabajo que sus empleados quieran hacer.

Los institutos nacionales gradúan actualmente a menos del setenta por ciento de los estudiantes que ingresan. Como dice Michael de Courcy Hinds (New York Times, 17 febrero 1990), "los educadores estadounidenses están haciendo todo lo posible para mantener a los niños en las escuelas"; al mismo tiempo se está incrementando el número de personas de todas las edades que no quiere aprender a leer ni a escribir. David Harman reflejaba esta (frústante situación en Analfabetismo: un dilema nacional (1987). La respuesta parece ser que la alfabetización y la escolarización se valoran únicamente por su influencia en el mundo laboral. El rechazo a la alfabetización no es más que otro signo del profundo desapego y creciente desencanto frente al sistema. A mediados de 1988, el informe Hooper indicaba que el trabajo se consideraba una de las principales cargas de la vida, y 1989 arrojó el menor incremento de la productividad anual desde la recesión de 1981. La ‘epidemia’

de la droga, que costó al gobierno veinticinco billones de dólares en la década de los ochenta, amenaza a la sociedad de una forma más sutil, mediante el rechazo al trabajo y al sacrificio. No hay batalla contra la droga que pueda cambiar la situación mientras se siga defendiendo este paisaje de dolor y falsos valores. Crece con fuerza la necesidad de escapar, y el orden social, enfermo, se resiente de este abandono y de la corrosión constante que provoca.

Desgraciadamente, el mayor ‘escape’ es aquel que conserva el desorden actual: lo que Sennett ha llamado "la importancia creciente de la psicología en la vida burguesa". Aquí se incluye la extraordinaria proliferación de nuevas terapias desde los sesenta, y junto a este fenómeno, el ascenso de la psicología, convertida en la religión predominante. En la Sociedad Psicológica el individuo se contempla a sí mismo como un problema. Esta ideología supone el aislamiento del individuo porque niega lo social; la psicología rehusa considerar a la sociedad como un todo que comparte la responsabilidad de las condiciones que se dan en cada ser humano.

Las ramificaciones de esta ideología se pueden observar por todas partes. Por ejemplo, en los consejos que oímos cuando el trabajo y el estrés nos han sobrepasado: "tómate un respiro", "ríete",

"quítale hierro", etc. O en las exhortaciones moralizantes sobre el reciclaje, como si la ética personal de consumo fuera una respuesta real a la crisis ecológica causada por la producción industrial. O en el "Programa para promover la autoestima. California 1990", como solución al enorme hundimiento social de dicho estado.Esta postura deja campo libre a la alienación, la soledad, la desesperación y la ansiedad, impidiéndonos llegar a la raíz de nuestro mal. Privatiza la angustia y sugiere que sólo pueden obtenerse respuestas no-sociales. Este "artificio de simple introspección", en palabras de Adorno, que invade todos los aspectos de la vida americana, hace que las experiencias nos resulten incomprensibles, perpetuando así nuestra opresión.

Esta "visión terapéutica del mundo" ha dado lugar a una cultura tiranizada por lo terapéutico, donde contraemos enfermedades mentales en nombre de la salud mental. Con la creciente influencia de los expertos del comportamiento también aumentan la impotencia y la extrañeza; ahora la vida moderna ha de ser interpretada por los nuevos expertos y sus divulgadores. Pasajes (1977), de Gail

Sheehy, por ejemplo, analiza los acontecimientos de la vida sin hacer referencia alguna al contexto histórico o social, desvirtuando así toda su reflexión sobre el "yo autónomo y libre". Corazón gestionado (1983), deArlie Russell Hochschild, se centra en la "comercialización de los sentimientos humanos" en un sector económico en expansión, y consigue eludir cualquier crítica a la totalidad, ignorando la existencia de la sociedad de clases y la infelicidad que ésta produce.

 

Cuando la sociedad se convierte en adicta (1987) es un intento absolutamente incoherente de Anne Wiison Schaef de negar, a pesar del título, la existencia de la sociedad, tratando exclusivamente el terreno personal. Y éstos se encuentran entre los menos escapistas de la avalancha de libros terapéuticos que inundan librerías y supermercados. Claramente, la psicología ignora todo sentido de colectividad o solidaridad y participa en la desintegración social que sufrimos hoy en día. Su intención es cambiar nuestra personalidad, evitando roda reflexión sobre los efectos del capitalismo, burocrático y consumista, sobre nuestras vidas o nuestras conciencias.

Considérese la Solución al estrés (1988) de Samuel Klarreich: "Podemos determinar en gran medida qué es lo que nos puede producir estrés y cuánto interferirá en nuestras vidas por las posturas irrespetuosas que mantengamos en el puesto de trabajo". Bajo el signo de la productividad, se adiestra al ciudadano para residir de por vida de un mundo industrial, una circunstancia que, como comentaba Ivan Ilich, no es ajena al hecho de que todos somos posibles pacientes del terapeuta, o por lo menos podemos llegar a aceptar su visión del mundo.

En la Sociedad Psicológica, cualquier conflicto social se eleva automáticamente a la condición de problema psíquico para poder achacarlo al individuo como un problema privado. La escolarización produce en el niño una resistencia casi universal que se clasifica, por ejemplo, como

"hiperactividad", y se trata con drogas o con ideología psiquiátrica. En lugar de reconocer la protesta del niño, se invade su vida para asegurarse de que no escape a la red terapéutica.

El conformismo social, basado en su mayor parte en sucesivas experiencias de derrota y resignación, fomenta la idea de que el terreno personal es el único en el que tiene cabida la autenticidad. Louise Banikow cita las palabras de un desesperado ciudadano perteneciente al mundo de los solteros’: "Mis ambiciones ahora son solamente personales. Todo lo que quiero hacer es enamorarme". Pero esa demanda de plenitud, limitada por la psicología, responde a un hambre tan atroz y a un nivel de sufrimiento tal que amenaza con romper las cadenas de ese mundo interior prescrito. La indiferencia ante la autoridad, la desconfianza hacia las instituciones y el nihilismo en expansión indican que el terapeuta no puede satisfacer al individuo ni salvaguardar el orden social.

Toynbee afirmaba que toda cultura decadente promueve la ascensión de una nueva iglesia que dé esperanza al proletariado, mientras atiende tan sólo a las necesidades de la clase dirigente.

Es posible que, antes de lo que creemos, la gente empiece a darse cuenta de que esta nueva iglesia es la psicología; es posible que ésa sea la razón por la cual tantas voces de la terapia adviertan a sus rebaños contra expectativas irreales de lo que podría ser la vida.

 

Durante más de medio siglo, el sistema consumista y burocrático ha buscado medios de control y predicción para cubrir sus necesidades de regulación y jerarquía. La misma ideología apaciguadora de la psicología, en la que el yo es la forma de realidad por excelencia, ha servido a estas necesidades de control y debe la mayoría de sus supuestos a Sigmund Freud. Para Freud, con su teoría wagneriana de los instintos guerreros y la división arbitraria del individuo en ello, yo y

super-yo, las pasiones del individuo eran primitivas y peligrosas. La tarea de la civilización era reprimirlas e inmovilizarlas. El edificio entero del psicoanálisis, según Freud, está basado en la teoría de una represión necesaria; es obvio que de este modo se ayuda a la dominación. La cultura humana se ha establecido mediante el sufrimiento; la renuncia constante al deseo es imprescindible para la continuidad de la civilización; el trabajo se sostiene con la energía del amor reprimido; todo como consecuencia de la "agresividad natural de la naturaleza humana", un hecho eterno y universal, por supuesto.

Freud, totalmente consciente de la fuerza deformadora de la represión, consideraba que la neurosis podía caracterizar todo lo humano. A pesar de su miedo al fascismo tras la I Guerra Mundial, contribuyó a su ascenso al justificar la renuncia a la felicidad. Reich se refiere a Freud y a Hitler con idéntica amargura, observando que "pocos años después, un genio patológico, llevando hasta sus últimas consecuencias la ignorancia y el miedo a la felicidad, arrastró a Europa al límite de la destrucción bajo el lema de la renuncia heroica".

Con el complejo de Edipo, fuente inevitable de culpa y represión, Freud se muestra de nuevo como un consumado hobbesiano. El complejo de Edipo sirve de vehículo a los tabúes que se aprenden a través de la experiencia infantil (masculina) de miedo hacia el padre y deseo por la madre. Se basa en el cuento de hadas reaccionario que Freud ideó sobre una horda primordial dominada por un patriarca poderoso que poseía a todas las mujeres disponibles, y que fue asesinado y devorado por sus hijos. Esto no es más que falsa antropología, y muestra claramente uno de los errores básicos de Freud, el de asimilar la sociedad a la civilización. Existen hoy pruebas convincentes de que la vida precivilizada fue un tiempo de igualdad en el que no existía la dominación, y desde luego no el extraño patriarcado que Freud ideó, origen de nuestro sentido de la culpa y la vergüenza. El estaba convencido de la validez del complejo de Edipo y de la necesidad de la culpa en beneficio de la cultura.

Freud consideraba que la vida psíquica estaba encerrada en sí misma, y no influenciada por la sociedad. Esta premisa lleva a una visión determinista de los primeros años e incluso de los primeros meses de vida, y a juicios como el siguiente: "el miedo a ser pobre surge de un erotismo anal regresivo". Detengámonos en su Psicopatología de la vida diaria, y en sus diez ediciones entre

1904 y 1924, a las que se añadieron continuamente nuevos ejemplos de ‘deslices’ o usos inconscientemente reveladores de las palabras. No encontraremos un solo ejemplo, a pesar de las muchas revueltas que tenían ugar en aquellos años en Austria y los países vecinos, en el que Freud detecte un ‘desliz’ relacionado con el miedo a la revolución por parte de los burgueses, ni siquiera miedos sociales relacionados con las huelgas, la insubordinación, o casos similares. Parece más que probable duelos deslices no reprimidos, asociados a tales asuntos, Fueran simplemente excluidos de sus posturas universalistas y ajenas a la historia.

 

Vale la pena comentar también el ‘descubrimiento’ freudiano del instinto de muerte. En el colmo de su pesimismo, opuso Eros, el instinto vital, a Thanatos, el deseo de muerte y destrucción, un componente fundamental de nuestra especie, imposible de erradicar. "El propósito de roda vida es la muerte", afirmó en 1920. Aunque pueda resultar pedestre anotar que este descubrimiento venía acompañado de la carnicería de la I Guerra Mundial, un matrimonio cada vez más infeliz y la progresión de su cáncer de mandíbula, no hay equivocación posible al reconocer el servicio que sus teorías prestaron a la legitimación de la autoridad. La asunción del instinto de muerte, es decir, la idea de que la agresión, el odio y el miedo siempre estarán con nosotros, es contraria a toda posibilidad de liberación. En décadas posteriores, el trabajo de Melanie Klein sobre el instinto de muerte se abrió paso en los círculos dirigentes ingleses, precisamente por su análisis de las restricciones sociales como medio de represión de la agresividad. El principal neofreudiano en la actualidad, Lacan, también parece considerar inevitables el sufrimiento y la dominación; concretamente, sostiene que el patriarcado es una ley de la naturaleza.

Marcuse, Norman O. Brown y otros han revisado la obra de Freud tomando sus ideas en un sentido más descriptivo que prescriptivo; su validez está limitada por la orientación que toman sus oscuras visiones, aplicables exclusivamente a la vida alienada, más que a cualquiera de los mundos sociales, reales o imaginables. Hay también muchas feministas freudianas; no obstante, sus esfuerzos por aplicar el dogma psicoanalítico a la opresión de las mujeres parecen más ingeniosos.

Freud consideraba el "principio femenino" más cercano a la naturaleza, menos sujeto a la represión que el del macho. Pero, fiel a sus valores generales, calificó como un avance esencial de la civilización la victoria de la intelectualidad masculina sobre la sensualidad de la mujer. Lo más triste de los numerosos intentos de recuperación de Freud es su ausencia total de crítica a la civilización: su obra entera sitúa a la civilización en la cima de los valores.

Para aquellos que pretendan solamente reorientar el edificio freudiano, es básica la advertencia de

Foucault de que la intención de cualquier sistema "es extender nuestra participación en el sistema presente".

En el campo de las diferencias de género, Freud afirmaba sin tapujos la inferioridad de la mujer. Su visión de las mujeres como hombres castrados es un claro caso de determinismo biológico: anatómicamente hablando son simplemente inferiores y están condenadas por ello al masoquismo y a la envidia de pene.

 

No pretendo profundizar en este breve análisis de Freud, pero ya debería resultar obvio que su renuncia a postular cualquier valor más allá de los inherentes a la ciencia ‘objetiva’ (Nuevas conferencias introductorias, 1933) carece de todo fundamento. Y a este error esencial podríamos añadir la naturaleza arbitraria de prácticamente toda su filosofía. Divorciado, como se ha dicho, del grueso de la realidad social -los ejemplos en este sentido serían innumerables, pero valdría citar la teoría de la seducción, según la cual el abuso sexual es, en su mayor parte, fantasía- cualquier inferencia freudiana podría reemplazarse plausiblemente por otra opuesta. En general, nos encontramos ante "una doctrina plagada de mecanismos, cosificación y universalismo arbitrario", como resume Frederick Crews.

 

Continua…

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